1.- DOS INTRUSOS EN SPINALONGA
Creta, 1961.
La
luna de finales de octubre arrancaba destellos a las lapas de los acantilados, que
relajaban su musculatura para alimentarse con la pleamar. Un solitario velero
de un palo, el Stemma, estaba
apaciblemente fondeado junto a la muralla del bastión escalonado que ocupaba
gran parte del islote Calidón, muy próximo a la costa de Creta. Esta fortaleza,
también conocida como Spinalonga, se encontraba desierta después de haber
servido como leprosería, desde principios de siglo, hasta hacía tan sólo cuatro
años atrás. La construcción databa de la época de dominación veneciana, y había
sido erigida sobre los cimientos de una antigua acrópolis cretense.
Precisamente, en
los sótanos de Spinalonga, dos hombres, encorvados por la baja altura del
techo, llevaban horas examinando dichos cimientos a la luz de sendos faroles de
petróleo. Habían arribado bien entrada la noche, tripulando el velero
furtivamente para sortear posibles competidores. A estas alturas, sus ropas ya mostraban
grandes manchas de sudor y, a medida que se aproximaba la hora del alba, su
desánimo crecía porque su concienzuda inspección de muros y suelos no fructificaba.
Ambos
sobrepasaban la madurez. Uno de ellos era un griego de 58 años de edad, de
rostro afable y barbado, piel brillante y morena, cabello oscuro revuelto en
amplios rizos, e incipiente curva de la felicidad. Se llamaba Kristos Antzas y
era propietario y patrón del Stemma. El
otro era su viejo amigo americano, el renombrado arqueólogo Duke Ventura, que
había conseguido embrollarle en otra loca aventura. Duke parecía el de siempre, a pesar de contar ya 62 primaveras. Una barba de tres días desmerecía sus
facciones cinceladas, y llevaba su melena corta, entrecana, recogida como de costumbre, en una escueta trenza. Su sempiterno sombrero de gaucho, desvencijado,
con la visera combada hacia arriba, completaba su atuendo de pantalón y camisa
multibolsillos. Ambos hombres iban pertrechados para la expedición con los útiles
precisos en mochilas cargadas a la espalda y vestían ropa vieja y holgada que les
proporcionaba protección sin restringir su movilidad.
La expresión
sombría que mostraban los ojos grises de Duke desapareció al pisar una losa
que basculó levemente. De inmediato se tiró al suelo, depositó el farol junto
a dicha baldosa y apartó, con la mano, el grueso de la arena que la cubría.
Kristos se aproximó para observar. Tras barrer la lápida con una pequeña
brocha, Duke dejó a la vista un desgastado bajorrelieve cuya limpieza remató
con un enérgico soplido que pilló desprevenido a Kristos, haciéndole estornudar. El grabado constaba
de una serie de círculos concéntricos interconectados.
-¡Mira Kristos!
¡El mismo motivo que se encuentra en el pilar del Domo de San Martino!- Duke
estaba exultante -Es el símbolo que según la tradición representa a Dédalo.
-¿Significa eso
que andamos bien encaminados?
Duke asintió con
la cabeza, mientras enjugaba con su manga el sudor de su frente. Dijo en broma:
-Justo cuando
estaba a punto de rendirme...
Kristos le agarró por los hombros y lo sacudió amigablemente, en señal de
enhorabuena:
-¿Rendirte, tú?- replicó descreído.
Entre los dos
consiguieron retirar la amplia losa usando sendas palancas, aunque invirtiendo mucho
tiempo y esfuerzo. Quedó al descubierto una abertura por la que accedieron a un nivel inferior a través de unos
deteriorados peldaños. El olor a tierra húmeda se hizo penetrante. La escalera terminaba
en un pasadizo que se extendía hacia la derecha y que estaba flanqueado por gruesas columnas minoicas, de un descascarillado color rojizo, intercaladas entre pinturas murales que mostraban a estilizados muchachos enfrentándose a toros en diversas lides. Tras despejar el camino
de una espesa sucesión de polvorientas telarañas, comprobaron, a la luz de sus faroles, que el lóbrego corredor comenzaba a retorcerse y bifurcarse en multitud de pasillos idénticos. Se encontraban en el umbral de un laberinto.

